Bajo las escaleras. Abro la puerta del portal. El día es espléndido, una de esas mañanas de Mayo que anuncian la inminente y definitiva llegada del buen tiempo. 25 grados, cielo color azul...cielo. No se oye cantar a los pájaros, pero casi puedes imaginarlos. Es sábado, no he tenido que madrugar y he podido saborear el café junto con el primer cigarrillo del día, uno de los mejores, como el del primer sorbo del gin tonic o el de después del sexo. Saludo a M, la dueña del bar junto a mi casa, una viuda cotilla, presidenta de la comunidad. Si tuviera una emisora de radio no podría enterarse más gente de sus chismes, pero posee copia de las llaves de los contadores de la luz y a veces se las he tenido que pedir cuando han saltado los plomos. Trato de llevarme bien con ella.
Giro la esquina y me dirijo a la parada del autobús. Dos ancianas conversan sobre la situación económica de la Pantoja y sus pinchazos telefónicos. Más chismes. Junto con el fútbol son los dos grandes unificadores nacionales, facilitan la comunicación entre las personas, dan carta de naturaleza a los ciudadanos de este país. Llega una joven latinoamericana. Grandes tetas, pero también mucho culo, lástima, el conjunto no compensa.
Enciendo otro cigarro, por si acaso así viene el autobús, pero lo termino y ahí sigo. Miro la gente que pasa y me dejo derivar a pensamientos inútiles, como me ocurre casi siempre. Por fin llega el 00, me entran ganas de decirle dos cosas al conductor, pero prefiero no amargarme con tonterías y voy hasta el final, junto a la ventana, mi sitio favorito, veo la calle y todo el autobús, el paraíso del voyeur que todos llevamos dentro. El tráfico también está de mi lado hoy, aún no se ha lanzado la ciudad a comprar.
Entran y salen personas del autobús, nadie merece en especial mi atención, pero todo resulta agradable, fácil, fluído. Los semáforos se abren, las ramas de los árboles se mecen, la gente aprovecha su ocio para intentar denodadamente vivir un poquito. La sencillez de lo imposible.
Llegamos al Retiro, toco el timbre y me apeo. Me encanta este Madrid señorial, burgués, ambicioso. Se inicia el desfile humano. Deportistas de fin de semana, americanas en busca de un poco de sol para su piel de leche, familias de sudamericanos dispuestas a pasar el día reunidas, jóvenes con aspiraciones intelectuales buscando la sabiduría en libros de Hesse.
Me adentro en el parque. El rincón que tantas veces he visitado, junto al Palacio de Cristal. Me siento, abro la mochila y saco la pistola. A pesar de la temperatura, sigue fría, lo siento mucho más cuando meto el cañón en la boca.
Ahora oigo cantar a los pájaros.
P.D. Adpatación libre, que no libérrima, de "Día perfecto para el péz plátano", de J.D. Salinger










